Con fe y devoción: Los lagunillenses rinden homenaje a la «Virgen del Rosario del Paraute»
El Diario Tricolor.- Cada 28 de octubre, el Municipio Lagunillas se viste de fiesta para venerar a su santa patrona, la Virgen del Rosario del Paraute. En esta fecha tan especial, ríos de creyentes acuden a su Santuario, ubicado en el poblado de Las Morochas, no solo para rendir tributo y expresar su gratitud por los favores y promesas cumplidas, sino también para recibir la bendición de la Madre Celestial.
La historia de esta devoción es tan antigua como el propio tejido del Zulia. Según relata la tradición oral y documental, la milagrosa aparición ocurrió un 28 de octubre de 1651, cuando la corriente apacible del río Paraute arrastró consigo un pequeño madero hacia los palafitos de la zona. Un joven indígena, sentado al borde de su vivienda sobre el agua, vio flotar la tablilla frente a él; hasta tres veces la rechazó e impulsó con los pies, devolviéndola al río.
Sin embargo, la insistencia de la corriente y un chispazo de curiosidad lo hicieron ceder, por lo que decidió recogerla con sus manos y colocarla sobre el techo pajizo de su bohío.
Tiempo después, el cura doctrinero de la zona visitó la humilde choza del nativo. Al percatarse de la pintura plasmada en el madero (que representaba con claridad a la Santísima Virgen del Rosario), gestionó el traslado formal de la sagrada imagen hacia la iglesia local para iniciar su culto oficial.

Desde entonces, la advocación fue bautizada como Nuestra Señora del Rosario del Paraute, en honor al histórico paraje donde la imagen divina decidió manifestarse.
La venerada efigie permaneció en su modesto altar dentro de la iglesia palafítica de Lagunillas de Agua desde el momento de su hallazgo hasta el año 1928, cuando un voraz incendio devastó el templo.
Este siniestro obligó a poner a salvo la imagen, trasladándola temporalmente a Tasajeras y, posteriormente, a Las Morochas. Fue a comienzos de la década de 1930 cuando la presidenta de la Cofradía Rosariana, Ana Caridad, junto a Juan Pérez y la dama social Ana Luisa Barroso de Soto (apoyados por la Sociedad de las Hijas de María), asumieron el firme compromiso de levantar un templo propio para la Virgen. Gracias a este esfuerzo comunitario, en 1931 se erigió una primera estructura construida predominantemente en madera.
En antaño, el fervor por la patrona transformaba por completo el panorama de Las Morochas. Llegado el 28 de octubre, las calles lucían sus mejores galas para una festividad entrañable: las familias vestían ropa nueva y, quienes no podían estrenar, sacaban sus trajes más elegantes del escaparate. La celebración era el fiel reflejo de un pueblo unido en devoción, amenizado por el constante estallido de fuegos pirotécnicos, gaitas resonando en cada rincón y tradicionales juegos populares como la competencia del palo encebado.
La devoción alcanzó un hito memorable en octubre de 1951, al conmemorarse los 300 años de la revelación mariana. A las cuatro de la mañana, bajo un cielo aún estrellado, el Padre José Ignacio Olivares encabezó una magna peregrinación que partió desde Las Morochas hacia el sitio exacto de la aparición. Sobre las aguas se improvisó una tribuna palafítica desde la cual Monseñor José Luís Castellano, el Padre Núñez y el Padre Olivares oficiaron una solemne misa ante una multitud conmocionada por el fervor.
Con el paso del tiempo, la custodia espiritual de la iglesia quedó en manos de los Padres Agustinos. Inspirados por el crecimiento de la feligresía, los religiosos impulsaron la edificación de un santuario más digno y perdurable. El sueño se materializó el 28 de octubre de 1972, cuando el Obispo de la Diócesis de Cabimas, Monseñor Marco Tulio Ramírez Roa, bendijo e inauguró el templo que hoy cobija a la comunidad.
Con apenas 30 centímetros de largo por 25 de ancho, aquella humilde tablita de madera ostenta un honor insigne: es la primera aparición mariana en tierras zulianas y la segunda en toda la historia de Venezuela.
Hoy reposa en el retablo mayor de la iglesia de Las Morochas, engalanada en un resplandor de oro con figuras de ángeles, estrellas, aureolas, coronas sobre las sienes de la Virgen y del Niño Jesús, y una luna en menguante bajo sus pies.
Más allá del valor histórico o del resplandor de sus adornos dorados, la Virgen del Rosario del Paraute sigue siendo el ancla espiritual de un pueblo.
En ese pequeño madero rescatado de las aguas habita la identidad de los lagunillenses: una fe que sobrevivió al fuego, al traslado y al paso de los siglos, para recordarles que, al igual que aquel 1651, la bendición y la esperanza siempre encuentran la manera de llegar a su hogar. <Se editó este mensaje.>
Articulista: Politólogo Francisco Kiko ChávezCronista del Municipio Lagunillas


