Editorial y Opinión

Santa Mónica: el templo que dio alma a Ciudad Ojeda

El Diario Tricolor.- Corrían los años cincuenta cuando los agustinos llegaron a Ciudad Ojeda, una ciudad joven, aún sin templo, pero con una fe que clamaba por espacio. Desde su arribo, los religiosos comprendieron que más allá de las aulas del colegio San Agustín (donde se celebraban misas improvisadas cada domingo desde 1956), la comunidad necesitaba un lugar sagrado, digno y permanente para encontrarse con Dios.

Fue entonces cuando el presbítero Ceferino Solís Fernández, con visión y fervor, lanzó una campaña que resonó en cada rincón de la ciudad: “La primera iglesia para la ciudad”. El sueño comenzaba a tomar forma.

El 3 de septiembre de 1959, el Concejo Vicarial dio luz verde a la construcción. Pero había una condición: la obra se financiaría exclusivamente con la limosna de los fieles. El 1 de octubre de ese mismo año, se colocó la primera piedra. La esperanza se mezclaba con el polvo de la construcción, y durante meses, los trabajos avanzaron con ritmo constante.

Sin embargo, en julio de 1960, la obra se detuvo abruptamente. El incumplimiento de los encargados paralizó el proyecto, dejando a la comunidad agustiniana y a los fieles en una espera que se alargó durante todo 1961. La estructura inconclusa se convirtió en símbolo de frustración, pero también de perseverancia.

Fue en 1962 cuando la fe volvió a mover los cimientos. Los trabajos se retomaron, y el presbítero Antonio Peláez, con determinación, fijó el 9 de septiembre como el día de la bendición. La ciudad se preparó para el gran acontecimiento.

Aquel día, los medios de comunicación (radio y prensa) se hicieron presentes. Desde Caracas llegaron representantes del Vicariato Provincial y delegaciones de los colegios San Agustín del Paraíso y Los Jardines del Valle. Las autoridades locales y regionales se sumaron a la celebración.

La Banda Municipal marcó el ritmo festivo mientras una multitud de fieles se congregaba en los alrededores del templo. Entre aplausos y cantos, el Prelado Diocesano, el Superior de los Agustinos en Venezuela y el grupo de sacerdotes caminaron hacia la entrada del templo. La ceremonia culminó con un discurso vibrante de Monseñor Domingo Roa Pérez, que arrancó un prolongado aplauso, cargado de orgullo y emoción.

Hoy, más de seis décadas después, la iglesia Santa Mónica sigue siendo faro espiritual de Ciudad Ojeda. Su historia, tejida con fe, esfuerzo y comunidad, vive en cada misa, en cada oración, en cada rincón de su apacible arquitectura. Es más que un templo: es el corazón que late al ritmo de la devoción de su gente.

Articulista: Politólogo Francisco “Kiko” Chávez

Cronista del Municipio Lagunillas