Editorial y Opinión

DIÁLOGOS QUE BUSCAN ACUERDOS

El Diario Tricolor.- Desde la muerte de Juan Vicente Gómez, en 1935, Venezuela ha recurrido en distintos momentos a pactos, acuerdos y negociaciones para enfrentar sus grandes crisis políticas. La transición posterior al gomecismo, el proceso que siguió a 1945, el Pacto de Puntofijo de 1958 y la pacificación de los años sesenta, demostraron que la negociación podía convertirse en un instrumento para evitar que las diferencias políticas terminaran inevitablemente en violencia o ruptura institucional.

Con la llegada de Hugo Chávez al poder, el diálogo adquirió una nueva dimensión. Después de la crisis de 2002 se estableció la Mesa de Negociación y Acuerdos, con participación internacional, que contribuyó al camino hacia el referendo revocatorio de 2004. Posteriormente vinieron la Conferencia Nacional por la Paz de 2014, las conversaciones de 2016, las negociaciones de República Dominicana entre 2017 y 2018, los procesos de Oslo-Barbados en 2019 y la Mesa de México iniciada en 2021.

A estos procesos se sumó el Acuerdo de Barbados de 2023, que buscó establecer condiciones para una competencia electoral con mayores garantías. Sin embargo, como ocurrió con anteriores iniciativas, los compromisos y las expectativas terminaron enfrentándose a nuevos conflictos políticos. En prácticamente toda esta historia aparece un nombre que merece especial atención: Jorge Rodríguez. Ha sido uno de los principales negociadores del chavismo durante diferentes etapas. Participó en las conversaciones de República Dominicana, encabezó la delegación oficialista en Oslo-Barbados y fue también la figura central del oficialismo en la negociación de México.

Su permanencia alrededor de las mesas de negociación lo convierte en una especie de protagonista permanente de la diplomacia política del chavismo. Para sus partidarios, esa continuidad demuestra experiencia y capacidad negociadora; para sus críticos, representa también la continuidad de un oficialismo que, según la oposición, no siempre ha cumplido los compromisos asumidos.

Ahora Venezuela vuelve a intentarlo. En agosto de 2026, Jorge Rodríguez y Dinorah Figuera, representante de la Asamblea Nacional elegida en 2015, encabezan un nuevo proceso de conversaciones, esta vez bajo una influencia estadounidense mucho más directa. El proceso ya produjo un primer acuerdo para renovar completamente el Tribunal Supremo de Justicia y abrió discusiones sobre otros aspectos de la reorganización institucional. Pero el nuevo diálogo nace también con interrogantes. Una parte de la oposición cuestiona que no todos sus sectores estén representados, mientras otros observan con cautela el papel determinante de Washington.

El propio proceso ha estado acompañado por medidas como la excarcelación anunciada de presos políticos, aunque organizaciones de derechos humanos reclaman que las liberaciones sean completas. La pregunta fundamental, después de tantos intentos, ya no es simplemente sí venezolanos pueden sentarse a dialogar. Evidentemente pueden hacerlo. La verdadera pregunta es si esta vez serán capaces de convertir los acuerdos en hechos verificables. La historia venezolana demuestra que el diálogo puede abrir puertas, pero también que una mesa de negociación pierde credibilidad cuando los compromisos no se cumplen.

Por eso, el éxito del proceso actual no dependerá de las fotografías, los comunicados ni de quién tenga mayor protagonismo en la mesa. Dependerá de que produzca instituciones confiables, garantías políticas, liberación efectiva de quienes permanezcan detenidos por razones políticas y, finalmente, condiciones para que los venezolanos puedan decidir democráticamente su futuro. Quizás esa sea la gran diferencia entre otro diálogo y un verdadero acuerdo nacional: que esta vez la palabra empeñada tenga consecuencias y los compromisos puedan ser comprobados por toda la sociedad.

Lcdo. Donnys Carrasco
CNPCOL. 6929